Las dos últimas guerras que América Latina enfrentó fueron la Guerra de Malvinas en 1982 y el conflicto entre Perú y Ecuador en 1995. Más allá de estos enfrentamientos de corta duración, la región vivió durante décadas la presencia de movimientos armados y guerrillas que obligaron a los gobiernos latinoamericanos a adoptar estrategias de contrainsurgencia, muchas veces con altos costos humanos, principalmente para la población civil. Aun así, Latinoamérica no experimentó conflictos bélicos prolongados como los que marcaron a otras regiones del mundo, especialmente Asia y, en particular, Medio Oriente.
Con el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, y un segundo mandato cargado de retórica belicista hacia los países que no se alinean con su agenda, la relativa estabilidad geopolítica del continente parece amenazada.
No es novedad el marcado giro hacia la derecha en gran parte de la región —Argentina, Bolivia, Paraguay, Chile, Perú, Ecuador— aunque conviven posturas más neutrales como la de Brasil y gobiernos de tinte populista con peso propio, como Colombia y, especialmente, Venezuela.
Este último país, tras años de un régimen chavista cuestionado por prácticas antidemocráticas, violaciones a los derechos humanos y procesos electorales opacos, vuelve a convertirse en objetivo militar del gigante del norte.
Bajo el discurso de la lucha contra el narcotráfico, el gobierno de Trump movilizó parte de su flota naval y, apoyado en la logística de sus bases militares, ha destruido en los últimos meses lanchas de presuntos narcotraficantes sin pruebas claras, sin proceso judicial y con la impunidad de quien se sabe dueño del mayor poder militar del planeta. Posicionar barcos y portaaviones frente a Venezuela, cerrar su espacio aéreo y sostener una retórica de confrontación creciente son señales que preocupan.
Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿Quién le otorga a Estados Unidos el derecho de invadir y destruir países? Nadie; sólo el uso del poder de sus armas.
¿Por qué siempre surge una excusa para intervenir militarmente y terminar matando no sólo a dirigentes, sino a civiles? Por su histórica doble moral. A lo largo de sus intervenciones, Estados Unidos ha utilizado pretextos destinados a tranquilizar la conciencia de sus “libertadores” a la fuerza. Así como hoy acusa a Maduro de liderar un cartel narcotraficante, antes fue Bin Laden, y antes Saddam Hussein y sus supuestas armas de destrucción masiva.
Y, como tantas veces, aparece un factor que funciona como “caca para moscas”: el petróleo. Donde hay petróleo, surge una excusa para apropiarse de él, por las buenas o por las malas.
Venezuela debe ser observada, sancionada y exigida a corregir sus prácticas antidemocráticas. Pero nada de eso justifica un conflicto de la magnitud que parece gestarse. Una guerra así sería desigual, devastadora y de consecuencias imprevisibles para nuestro continente. Resulta imposible dimensionar la cantidad de muertos, desplazados y destrucción que podrían desencadenarse si las amenazas de intervención se concretan.
Al final, como dice la frase: “la violencia sólo engendra más violencia”. Y un conflicto de esta envergadura en América Latina abriría una auténtica caja de Pandora. Sabemos cómo empieza; lo que no sabemos es hasta dónde podría escalar… pero demos por hecho que empeorará.
