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Candados, cámaras y miedo: el nuevo paisaje urbano

 


La imagen de tapa —un niño apuntando un arma— puede parecer fuerte, incluso exagerada. Pero también existe una realidad exagerada: una que lentamente se desborda en los barrios: La creciente inseguridad.

La demandante presencia de cámaras y las imágenes que circulan en redes sociales, mostrando una y otra vez arrebatos callejeros, robos de baterías, ruedas, macetas o lo que encuentren y evidencian que las paredes son escalables, las rejas pueden doblarse y los perros distraerse  alimentan la idea de que estamos ante una avanzada del delito sobre la propiedad. Pero la problemática puede ser más profunda y amplia.

Amplia, porque no solo Parque Belgrano o Patricia Heitman los centros de atracción para arrebatadores y ladrones. Lo es también todo el conjunto de barrios de zona norte y más aún, todos los barrios de la Capital: todos los barrios ponen contra la pared a la Policía como organismo de prevención del delito.

Y aunque desde la institución se realizan patrullajes, operativos de control, entrevistas con vecinos y actuaciones inmediatas, la inseguridad parece escabullirse una y otra vez. No es solo zona norte. Basta revisar las redes para ver en todas las zonas los mismos reclamos: juntas vecinales, intentos de justicia por mano propia, pedidos vehementes de “mano dura” y “milicos a la calle”. Esto indica que estamos ante una problemática generalizada.

La delincuencia que padecen los barrios son, en su gran mayoría, de tipo marginal, y está enraizada en otro problema igual de profundo: las adicciones.
Cuando las drogas y marginalidad se combinan, se genera esta especie de “cultura del delito”, donde el robo y el arrebato se vuelven hábito como medio de subsistencia. Por eso una y otra vez los que roban son los mismos. La policía los detiene, la justicia —desbordada— los libera, y el ciclo vuelve a empezar.

Son entonces las políticas de gobierno y la justicia las que deben frenar la pelota y dejar de mirar para otro lado. No se puede poner un policía en cada esquina ni pretender resolver el problema “a palos”, porque —aunque no convenza— ese tipo de solución es un arma de doble filo, que en el mediano plazo incrementaría la violencia social.

Mientras los vecinos de zona norte, y de todas,  nos encerramos con doble candado, puteamos por whatsApp y vemos a la policía correr de un lado a otro, una estructura de marginalidad y reproducción del delito sigue creciendo.

La imagen del principio es exagerada, si. Pero es también una advertencia:
No debemos acostumbrarnos al delito, a los arrebatos, al ladrón marginal ni a los pibes drogados en las esquinas. Porque ellos son la vanguardia visible de un sistema social, corrupto y violento que los precede.
Solo hace falta mirar lo que sucede en las favelas brasileñas o, más cerca, en las villas  Buenos Aires.

Ahora que podemos, hoy que no está descontrolado, sigamos alzando nuestras voces de reclamo a los gobernantes y a la justicia para que no solo se pongan a trabajar en la represión, sino que también diseñen y ejecuten verdaderas políticas de inclusión social, de trabajo, de sanidad, de acceso a viviendas y servicios dignos, a una educación de calidad y con todo ello y mucho más, desarrollar el potencial de una juventud que hoy por hoy, parte de ella, no solo se involucra en actividades ilícitas sino que se mata con la mierda de las drogas.
¿Será mucho pedir?

Por Bruno Chiodini - Director del Quirquincho